En el corazón de Valencia, un eco resuena en la memoria de aquellos que han sufrido en silencio. Nacho Barceló, un hombre de 56 años, ha decidido romper ese silencio y compartir su historia de abuso en el Colegio Santo Tomás de Villanueva durante su infancia. A través de su testimonio, se revela un oscuro capítulo de la historia de la Iglesia en España, donde el abuso y la complicidad han dejado cicatrices profundas en las vidas de muchas víctimas.
La historia de Barceló comienza en los años 70, cuando un joven de apenas 9 años se encontraba en su aula, esperando el final de la clase. Su profesor, Fray Balbino, era un hombre que, tras cerrar la puerta, se convertía en un depredador. «Me cogía entre sus piernas, me bajaba los pantalones y me magreaba», relata Barceló, quien ha tenido que lidiar con el trauma de esos momentos durante décadas. No fue un caso aislado; otros compañeros también sufrieron el mismo destino, y el fraile utilizaba su posición de poder para abusar de ellos, dejando una huella imborrable en sus vidas.
La Orden de San Agustín, a pesar de haber tardado en reconocer los abusos, finalmente ha emitido un comunicado en el que pide perdón y reconoce la existencia de 16 religiosos acusados y 28 víctimas menores entre 1950 y 2011. Sin embargo, para Barceló, este reconocimiento llega demasiado tarde. «Decidieron deliberadamente no mirar», afirma, refiriéndose a la falta de acción por parte de la Iglesia en el pasado. A pesar de su dolor, ve en el reciente acuerdo entre la Iglesia y el Estado una posible vía para cerrar una herida que ha estado abierta durante medio siglo.
El pacto, que busca indemnizar a las víctimas de abusos ya prescritos, representa un hito en la historia de España. Es el primer reconocimiento oficial de la responsabilidad institucional que la Iglesia había evitado durante años. Barceló se siente satisfecho con este avance, ya que implica una asunción de responsabilidades por parte de la Iglesia. Sin embargo, también es consciente de que el dinero no puede cuantificar el daño emocional y psicológico que ha sufrido. «Nadie se mete en esto por dinero. ¿Cómo cuantificas económicamente que durante 20 años de tu vida no te has desarrollado afectiva ni sexualmente por culpa de un abusador?», se pregunta.
A pesar del dolor que conlleva revivir su pasado, Barceló considera que el proceso de denuncia es un «calvario necesario». Para él, romper el silencio no es un acto de venganza, sino un esfuerzo por garantizar que la verdad deje de ser un secreto a voces. «Estoy convencido de que lo sabían perfectamente y se protegió al abusador», afirma con firmeza. La historia de Fray Balbino es un claro ejemplo de cómo la Iglesia optó por proteger su prestigio en lugar de a las víctimas.
A pesar de sus críticas hacia la Conferencia Episcopal, Barceló también ha experimentado un trato humano en la oficina «Repara» de la Diócesis de Madrid. Allí, encontró empatía y comprensión, algo que no siempre se refleja en los comunicados oficiales. Este pacto es relevante porque permite que las víctimas que no pueden acudir a la justicia ordinaria debido a la prescripción de los delitos encuentren una validación oficial a su sufrimiento.
Hoy, Nacho Barceló es una de las 115 víctimas valencianas registradas en la base de datos de abusos en la Iglesia. Su caso es emblemático del nuevo acuerdo, que reconoce a las víctimas sin necesidad de una sentencia judicial. Para él, este pacto representa un paso hacia adelante, un posible punto y final a un capítulo doloroso de su vida. A medida que el eco de la llave de Fray Balbino comienza a desvanecerse, Barceló y otros sobrevivientes esperan que la verdad finalmente prevalezca, brindando un futuro más seguro para las generaciones venideras.
