La situación de las personas sin hogar en València se ha vuelto cada vez más crítica, especialmente en los meses más fríos del año. A pesar de los esfuerzos de diversas organizaciones y voluntarios, la pobreza y la necesidad de alimentos continúan en aumento. En este contexto, la ONG Invisibles ha tomado la iniciativa de repartir alimentos y productos básicos a quienes viven en la calle, pero los desafíos son enormes.
La invisibilidad de las personas sin hogar es un problema que se ha intensificado en los últimos años. Cuando se instalaron tiendas de campaña en el Jardín del Turia, el Ayuntamiento de València actuó rápidamente para desalojar a estas personas, lo que refleja una falta de comprensión sobre la magnitud del problema. Las críticas de los vecinos hacia los puntos de reparto de alimentos también han surgido, lo que añade una capa de dificultad a la labor de las entidades que intentan ayudar. A pesar de que la pobreza es cada vez más evidente, muchos prefieren no ver la realidad que enfrentan estas personas.
La ONG Invisibles, compuesta completamente por voluntarios, se dedica a repartir alimentos no perecederos, mantas y productos de higiene a quienes más lo necesitan. La organización ha establecido rutas de reparto y se esfuerza por llevar comida caliente a las personas sin hogar, aunque este último aspecto se ha vuelto complicado. «Salimos dos días a la semana y repartimos lo que tenemos. Funcionamos con donativos», explica una de las voluntarias. Sin embargo, hasta el verano pasado, la ONG ofrecía comidas calientes gracias a la colaboración con otras entidades y la Fundación Ayuda a una Familia, que alquiló una nave industrial para cocinar y distribuir alimentos.
El objetivo de esta colaboración era garantizar que al menos una vez al día, las personas sin hogar pudieran comer un plato caliente. Sin embargo, el aumento de la demanda y la falta de recursos llevaron a la Fundación a enfrentar problemas logísticos y multas por repartir alimentos sin permiso. A pesar de las dificultades, la Fundación logró expandir su alcance, llegando a distribuir hasta 1.500 raciones diarias. Pero la llegada de la dana, un fenómeno meteorológico que afectó a la región, disparó la necesidad de alimentos, llevando a la organización a repartir entre 4.500 y 5.000 raciones en localidades cercanas.
Con el aumento de la demanda, la Fundación se vio obligada a cerrar sus cocinas en agosto, lo que significó el fin del reparto de comida caliente. Desde entonces, han regresado a la actividad, pero con un enfoque diferente: ahora solo reparten bocadillos y lo hacen dos días a la semana. Marise García, coordinadora de la Fundación, ha adaptado su hogar para preparar 400 bocadillos junto a un grupo de voluntarios. «Hacemos bocadillos porque es desgarrador ver la situación de estas personas. Ojalá me cedieran una cocina para volver a poner en marcha el proyecto que teníamos. Necesitan comer caliente al menos una vez al día», comenta Marise.
La realidad es que la Fundación Ayuda a una Familia solía colaborar con 30 entidades que ahora se ven obligadas a volver a repartir alimentos no perecederos, como latas y pan. La situación es desesperante, y Marise enfatiza que hay muchas personas que viven fuera del circuito de servicios sociales y que necesitan ayuda urgente. «Cuando ven la furgoneta de reparto, se acercan rápidamente. Hay hambre, y es una necesidad real», afirma.
La falta de recursos y la creciente demanda de ayuda han puesto a prueba la capacidad de las organizaciones que trabajan en el terreno. A pesar de los esfuerzos de los voluntarios, la situación sigue siendo insostenible. La Fundación ha tenido que reducir su actividad y adaptarse a las circunstancias, pero el deseo de ayudar sigue siendo fuerte. Marise concluye: «Si me dan un espacio para cocinar, podría volver a montar todo de cero». La lucha contra el hambre y el frío en València continúa, y la necesidad de apoyo y recursos es más urgente que nunca.
